martes, 19 de enero de 2016

«Descubriendo el cine» (o escribiendo para otro blog)

Dicen que las conexiones neuronales y, por tanto, la (de)formación del pensamiento han de ir a una velocidad igual o equivalente a la de la Luz, pues son meros impulsos eléctricos en sí. Yo, en particular, albergo serias dudas al respecto, pues creo que, en varios supuestos y experiencias vitales, mi lengua les gana por más de un cuerpo de diferencia.

¿Cómo es posible que un mentecato como yo bata semejante récord universal? No lo sé, pero doy debida cuenta, por ser “rumores de primera mano”, de que abro la bocaza antes de pensar, lo cual explica sobradamente mi forma alegre y pundonorosa de meterme en “fregaos” sin venir a cuento.

Una de estas situaciones, dignísimas de estudio y análisis (y que darían parar un capítulo monográfico de la serie COSMOS), lo viví hace tan solo unos días tras mudar de cuerpo y metiéndome dentro del de un sufrido y socorrido entendidillo en materia informática; para ser más exactos, en la plataforma Blogger. Me encontraba yo solventando ciertos problemas técnicos que acuciaban a nuestra querida Su Cañil y su Callejón, cuando vino de sus labios, hechos yemas de dedos sobre el teclado, una proposición misteriosa.

Como el que camina gustoso con los ojos vendados y los pies descalzos, ofrecí mi mano y voluntad a un proyecto cuyo pelaje y tamaño me eran por completo desconocidos, dando perfecta muestra al público de mis excesos de lengua y deslucidos pensamientos.

La proposición era pura inocencia: participar en el blog de Su como firma y articulista; dar mi opinión acerca de un tema. Tan solo eso.

Y cierto es que entonces llegó (tarde, pero llegó) el freno de mi mente; el tener plena conciencia de en qué me acababa de meter con alborozo.

Mi problema no es escribir (es más, ha sido un placer publicar en el muro de Su), sino el que me impusieran deberes (un tema, más bien). Siempre he sido yo quién me los he puesto. Un tema… No… ¡Mi tema! Un pequeño gesto de rebeldía con el que esperaba no provocar enojos ni disgustos.

Tras unos minutos de garabateo con mi disgráfico puño y algo más de teclear, me sumergí en un tema íntimo como es el momento y la forma en la que descubrí mi amor por el cine y que podéis leer en El Callejón de los Canallas y en el siguiente enlace: 



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