martes, 23 de febrero de 2016

Relato corto: «La sirena de Harald» (segunda parte)


Cuando Harald se despertó, ya era noche cerrada; del verano ártico, pero cerrada. Duraría tantas horas como dedos de una mano podría contar, pero sería más que suficiente si se espabilaba.

Había dormido casi todo el día y nadie había osado a despertarle llamando a la puerta con los nudillos.

Sediento y con el estómago revuelto, Harald bajó al piso inferior del hostal con su ropa vieja y arrugada, colocándose los tirantes sobre los anchos hombros como si le costara un gran dolor.

La señora Olgstrem estaba despierta; parecía que nunca necesitaba dormir. Echada en una de las butacas del salón, ante un fuego muy nutrido y que caldeaba excesivamente a habitación, leía una carta y su contenido la hizo feliz, pero su alegría se truncó en silencio hosco en cuanto vio a Harald.

—¿Quieres algo de cenar? —preguntó la señora Olgstrem sin esperar a que Harald le contestara, pues se levantó y se introdujo en la cocina, de la que salió a los pocos segundos con un plato de pescado frío que puso sobre una mesa, bien alejada de su butaca.

Harald trató de sonreír. El perfume nada agradable que despedía el animal muerto le hizo sospechar que acababan de servirle la cena reservada a algún gato callejero. Pero Harald no recordaba si en Ranerström había o no gatos.

Le repugnaba aquel espectáculo muerto y frío sobre la mesa, pero a ella le encantaría aquel manjar.

Estaría enfadada con él, por lo que era obligado y necesario llevar un obsequio que la calmara. La comida siempre fue una buena disculpa.

Harald se acercó a la recepción. La señora Olgstrem había vuelto a su butaca y le daba la espalda. Del mostrador cogió un periódico de hacía unos días y entre sus hojas abiertas echó los restos fríos de aquel pescado.

El hombre volvió a su habitación y buscó una linterna en su macuto. La necesitaba para encontrar el acceso a la gruta en el acantilado, la otra entrada a la guarida. Además, ella se sentiría atraída por la luz. Aquel pensamiento práctico despertó una sonrisa en los labios de Harald, pero el brillo en su rostro se extinguió.

Harald se vistió con el chaquetón marinero, bajó de nuevo y salió del hostal sin que la señora Olgstrem le dijera nada.

Fuera, la corta noche estival servía de raído e inútil capote a Harald, mientras corría por las calles de Ranerström. Su paso atrajo oídos y le llegaron furtivos cuchicheos ininteligibles.

El remolcador se recortaba con claridad entre los bajeles que lo rodeaban. A bordo, Swan hacía una de sus guardias de dormir a pierna suelta abrazado a Collins, su gato.

Harald subió y, a popa, arrió uno de los botes. Cada crujido que hacía el pescante lo sobresaltaba. La noche se había transformado en un sueño bello y demasiado silencioso a pesar del constante crujido de las maderas y los cabos.

Una vez quedó el bote en el agua, Harald agarró con fuerza los remos y se internó en el mar con esfuerzo. Las escasas luces del pueblo fueron menguando a medida que seguía rumbo Nor-noroeste y dejaba por la aleta de estribor el pecio de un carguero encallado y con las cuadernas marcadas por el fuego.

Los brazos protestaron enérgicamente pasados los primeros minutos. Harald luchaba contra la corriente adversa y el rumor del mar quedó sofocado por la agonizante respiración del hombre del bote. Sabía que podía vencer lo físico gracias a su fuerza mental, como durante la guerra; pero su cabeza no lograba alcanzar sosiego alguno.

¿Por qué estaba allí? ¿Por qué no se quedó en Inglaterra? ¿Por qué no emigró a Alaska o al Canadá?, se repitió a sí mismo una vez más.

Ella, su recuerdo, era la respuesta; la única respuesta. No sería tan estúpido como para dejarla atrás de nuevo. Ese pensamiento le dio fuerzas y reavivó su pasión.

Sobre el cielo encendido de estrellas, sin que el sol dejara de arrojar su hálito rojizo en la línea del horizonte, se perfiló la irregular sombra de la costa donde se encontraba la entrada a la cueva. Los dos picos gemelos de Kokkam seguían ahí, vigilando mientras dormitaban, como Swan y Collins.

Las olas batían con timidez la pedregosa playa, reverberando. Era un aviso de la cercanía de la costa; su meta estaba muy cerca. Harald saltó al agua, mas demasiado pronto, y se hundió hasta la cintura en el mar. Se había precipitado por culpa de la emoción del esperado reencuentro.

Tras un segundo que fue eterno, en el que al muchacho se le paralizaron los miembros por la gélida agua, éste tiró del bote hacia la lengua gris y suave que iluminaba la linterna asegurada a proa. Una vez sobre los cantos, dejó la embarcación varada y buscó con la ayuda de la linterna la entrada a la gruta.

El frío que se iba solidificando en la tela de su pantalones y que se había filtrado por entre las botas hasta los gruesos calcetines. Se hundía en su piel.

De todos modos, ella nunca fue precisamente cálida en el trato ni en su tacto. Era salvaje.

Debía concentrarse en dar con la entrada a la gruta. Lo demás ya vendría solo.

Harald caminó con cautela por entre los cantos rodados que el mar había ido dejando allí con el oleaje. De noche no era tan fácil dar con la pequeña abertura que franqueaba el paso a la gruta horadada el acantilado y que conectaba, a su vez, con el océano varios metros por debajo de donde ponía ahora los temblorosos pies. Palpó con su mano calluda las afiladas rocas, tratando de encontrar algo que le resultara familiar. Tras mucho buscar, tras desesperarse, dio con  la entrada, pero ahora le costaría un poco más entrar por ella que cuando tenía siete años de edad; con su metro noventa de estatura y su robusta figura ya daba por perdida la batalla contra las aristas negras del acantilado. Arrastrándose se metió en el interior, rasgándose la ropa y la piel.

El aliento se condensaba en efímeras nubecillas que enturbiaban la visión. 

Con la linterna en vanguardia y el cuerpo herido y magullado, transfiriendo a las rocas el pestazo a los productos químicos que envolvía al remolcador, Harald alcanzó la cámara que daba a la piscina interior, donde pudo ponerse de nuevo en pie. La mar canturreaba dentro de aquella oquedad oscura, con cada pulsión, golpeando el acantilado, apretándolo en su puño; y Harald volvió a sentirse como el protagonista de un cuento de hadas. Avanzó con cautela y con la cabeza gacha para no darse con el techo pétreo, con la linterna en una mano y el paquete de pescado frío en la otra; se sentó en una roca plana, como hizo por última vez cinco años atrás, y esperó.

A Harald no le cabía en la cabeza la posibilidad de que ella hubiera abandonado aquel lugar. Después de todo, en un rincón depravado de su mente, consideraba que ella era de su propiedad, por muy salvaje que ésta fuera.

La luz de la linterna debía ser suficiente como para llamar la atención de la sirena. Siempre fue así. Harald tiritaba de frío y sintió la fusta de la impaciencia, arrojando entonces un guijarro suelto al agua, perturbando la superficie relajada de la piscina natural. Semejante brusquedad por su parte despertó algo en el fondo. Las profundidades dejaron escapar varias burbujas de aire y el limo se revolvió. Un silbido agudo y penetrante rebotó contra la bóveda de la cueva, precediendo a la agitación histérica y a una melena verdosa y oscura, cubierta de hilos de algas. Una frente traslúcida y unos ojos acuosos y brillantes se clavaron en Harald como teas. El silbido subió de intensidad y la criatura se acercó al intruso, estudiándolo con detenimiento, como un depredador.

La sirena tocó fondo con sus largos y esqueléticos dedos, arañando las rocas.

El muchacho ni se inmutó. Tan solo se limitó a ofrecer el pescado frío a su amada sirena.

El ser se detuvo y ladeó la cabeza. Aquel individuo le resultaba familiar y el gesto de ofrecimiento levantó la tapa de sus recuerdos. Le recordaba a aquel niño que la visitaba tantas veces y que se fue hacía tanto años atrás, siendo ya un hombre. El mismo por el que lloró cuando se dio cuenta de que no regresaría. Era su amigo a pesar de todo. Amigo. Era una palabra que casi no tenía sentido para ella.

Lo reconoció. Sí, debía ser él. Pero…

La sirena alzó sobre el agua su cabeza por entero, mostrando su extraño rostro de enormes ojos muy alejados de la nariz y boca, ambas ridículamente pequeñas. Aferrándose a los salientes, la criatura salió del agua mostrando su cuerpo hasta la cintura, dejando su cola al abrigo del agua salada.

Harald sintió náusea y apartó la mirada sin mover el cuello. Aquel cuerpo traslúcido y delgado, verdoso, no era lo que recordaba.

La sirena emitió un dulce arrullo de paloma y sonrió del mismo modo que le enseñó el pequeño Harald años atrás, pero cerró la boca y su rostro se crispó como el de la señora Olgstrem en el salón de su hostal.

El aire. La criatura olisqueó con desagrado. Aquella misma pestilencia la traía consigo Harald. Carne quemada, petróleo y dolor. La sirena aspiró de forma entrecortada y volvió a silbar con odio. El intruso apestaba igual que el barco que había naufragado a escasa distancia meses atrás. Todavía podía escuchar en sueños los gritos de los náufragos y sentir el calor de las llamas que devoraban el buque y herían la retina de sus recuerdos.

Odió aquella noche con toda el alma, que tendía a escurrírsele por la boca. 

Aquel intruso no era su pequeño Harald; el chico que le dijo hasta pronto una eternidad atrás. Era un ser turbio y vil; manchado. No lo quería cerca ni de ella ni de su mundo.

El pez muerto no era una ofrenda; era un insulto.

La sirena estiró los largos dedos de ambas manos, mostrándole a Harald sus afiladas y ennegrecidas uñas. Luego, sonrió mostrando una hilera de incontables y diminutos dientes, terminados en punta que el muchacho nunca había contemplado jamás en aquel extraño y otrora bello rostro.

A Harald no le dio tiempo ni a reaccionar con un grito de desesperación. A pesar de su envergadura y su fortaleza, la criatura lo tumbó cuando emergió del agua de un salto. Un golpe con su musculosa cola le partió las dos piernas y Harald tan solo fue capaz de abrir los ojos de par en par a la ceguera del dolor. Fue una suerte por un lado, pues se ahorró el contemplar el rostro odioso de la sirena a menos de dos centímetros de él y leer en él el odio y la gula lujuriosa que se había apoderado de él, mas el sentido del olfato le permitió adivinar donde estaba la amplia, afilada y putrefacta boca. Las uñas verdosas y rotas se hundieron sobre las capas de ropa, llegando hasta la piel.

Harald se sobrecogió por última vez cuando la dentadura de la sirena se cerró sobre su cuello. La sangre caliente manó como de un torrente. Fue hasta un alivio.

La criatura saboreó y bebió la sangre con lujuria, olvidándose por completo de que Harald apestaba a combustible, pólvora y oscuridad.



En Ranerström nadie se percató (o quiso darse cuenta) de la desaparición de Harald Assler. Tan solo el mecánico Swan echaba de menos a su patrón, pero una mañana cualquiera, soltó amarras y el remolcador no fue nunca más visto por aquellas costas. 

lunes, 22 de febrero de 2016

Relato corto: «La sirena de Harald» (primera parte)

Harald Assler no tenía motivo alguno, que se supiera, que lo impulsara a regresar al pueblo que lo había visto nacer y hacerse un hombre: Ranerström. En cierto sentido, había que reconocer que el muchacho tuvo el valor de hacerlo o, sería lo más apropiado decir, que fue un verdadero estúpido por poner de nuevo el pie en aquellas tristes calles de casas pintadas de rojo apagado, encaramadas sobre un acantilado gris y rocoso, expuestas a un impío mar y constantemente azotadas por el viento del Norte. 

Harald no tenía razón para regresar. No. No había por qué. En el pueblo no le esperaba nadie: ni padres, hermanos, mujer o hijos; o eso creían todos. Tampoco tenía futuro alguno allí. Podría haberse quedado en Inglaterra o haber emigrado a Canadá o Alaska; se podría haber ido a la mismísima Australia. Era libre y el mundo más pequeño que nunca.

Los habitantes de Ranerström no le guardaban rencor o alguna cuenta pendiente que ajustar con el único hijo de Björn Assler; simplemente Harald era un recuerdo vivo, con carne sobre los huesos, de la terrible desgracia que se había cebado con la pequeña localidad pesquera que se obstinaba en permanecer en los mapas de la costa noruega: Harald fue el único chico de Ranerström que partió a la guerra y sobrevivió a ella.

Aunque nadie se atrevía a decirlo en voz alta, Harald no era bienvenido. Tan solo sería una sombra que despertara el dolor.

Era mejor que no volviera.

Una noche de 1942 llegó a puerto una embarcación extraña con unos hombres aún más extraños a bordo. Tan solo estaban un poco necesitados de un poco de ayuda: pasar unas horas a cobijo de miradas aviesas y del enemigo, hasta que fueran rescatados a la madrugada siguiente.

A pesar del enorme peligro que asumían los habitantes de Ranerström, todos aceptaron auxiliar a aquellos marineros que resultaron ser comandos británicos. Fue una suerte que nadie en el pueblo fuera partidario de Vidkun Quisling ni simpatizante del invasor alemán, pues el silencio sepulcral permitió que las horas transcurrieran serenas y sin sobresaltos hasta que un sospechoso pesquero, con un nombre conocido de antemano, apareció a la altura del faro.

Pero aquellos comandos británicos no se contentaron con la abierta hospitalidad de Ranerström: abusando de la bondad de sus anfitriones, se llevaron consigo a Inglaterra a todos los hombres entre 17 y 30 años que se presentaron voluntarios. Nadie se quedó en casa para que le considerasen un cobarde. 

No fue consuelo para los padres el hecho de que sus hijos lucharían por liberar a Noruega; al fin y al cabo, acabarían vistiendo uniformes ingleses y dando sus vidas en tierras extrañas.

Entre aquellos chicos risueños se encontraba Harald, quien había enterrado a su padre, meses atrás. Se dejó llevar por la excitación de su juventud, olvidando la cabaña en la que había terminado conviviendo con el silencio y todos sus recuerdos. 

Tan solo no se olvidó de ella; sería imposible cometer tal descuido, pero tenía que partir y luchar. Ella tenía que comprenderlo y así se lo hizo saber con gestos.

El pueblo estuvo en vilo desde la partida de sus hijos hasta que el farero pudo sintonizar la BBC en su vieja radio y escuchar un programa especial de anuncios, en el que se nombró a todos y cada uno de los chicos por sus sobrenombres y diminutivos familiares, finalizando el mensaje indicando que «todos habían llegado a tiempo a su cita con la reina».

Una vez en Inglaterra, los acontecimientos se desarrollaron demasiado deprisa para los jóvenes de Ranerström, a la misma velocidad a la que fueron cayendo como moscas bajo el fuego enemigo. Al final, tan solo quedó con vida Harald. 

Un oficial de la Real Marina noruega se entrevistó personalmente con Harald para informarle de que, de entre los hombres alistados y provenientes de Ranerström, tan solo quedaba él con vida. 

«Dar ese tipo de noticias debería estar prohibido», pensó con amargura Harald cuando el oficial se marchó.

Todos muertos, podridos y deshechos, menos Harald Assler. Esa era la única verdad.

El muchacho sabía qué encontraría a su regreso. No habría alcalde alguno, vestido de gala y emperifollado como un pavo, esperándole en el muelle, acompañado de una banda de música que se desviviera por no desafinar y de todas las chicas guapas de la aldea, con las mejillas encendidas como amapolas. El yermo gris de aquel pedazo de costa nórdica le esperaba frío y hostil, del mismo tono e intensidad que la mirada de aquellos que habían perdido a sus seres queridos y que lo reconocerían nada más bajar al muelle.

Los ancianos buscarían en su figura, en sus movimientos, en todo, cualquier atisbo que prendiera la vana esperanza de encontrar a sus hijos desaparecidos, regresando con el petate en el hombro. Pero no había cabida para vanos deseos. Las chicas acelerarían el paso en cuanto se cruzaran con él, apretando los dientes y dedicándole recelosas miradas por encima del hombro.

—Es un cobarde que habrá puesto a otros delante de él como escudo. Por eso está vivo, el muy…

—Podría ser muchas cosas horribles y vergonzosas.

—Seguro que es la vergüenza de su padre. Pobre Björn. Primero tuvo que sufrir la ignominia de su mujer y ahora esto. Suerte que hace tiempo que se fue con el Altísimo.

—Pero si su padre no era más que un contrabandista de medio pelo. Él no será de distinta raza.

—Seguro que es un asesino y un ladrón.

—¿Por qué ha regresado? ¡¿Por qué?!

«La gente se suele aburrir y aprovecha cualquier oportunidad para pasar el rato a costa de otros», se dijo para sí el único superviviente de los de Ranerström, recreando en su imaginación una película con un argumento que aún no había acontecido.

Pero Harald sí tenía una razón muy importante para regresar a Ranerström; un secreto que atesoraba desde la infancia y del que nadie sospechaba lo más mínimo; demasiado extraño como para que nadie se lo creyera.

Ella… Tan solo ella.

El chico de Björn Assler regresó a Ranerström una mañana del agonizante verano de 1947, a la caña del timón de un desastrado remolcador, bautizado con el nombre de Tottenham y con más de medio siglo en sus cuadernas y que era de su propiedad. Le había costado un pequeño pico, pero, a pesar de todo, le había sobrado algo de dinero para contratar con los servicios de un mecánico inglés, un tal Swan, que nunca bajaba a tierra.

El traqueteo fatigoso del feúcho navío llamó la atención de todos en Ranerström, llevándose la mano a modo de visera a la frente, no importándoles interrumpir por un momento sus tareas para averiguar la identidad del recién llegado.

—A saber de dónde habrá sacado el dinero —murmuraron unos viejos cuando vieron saltar al muelle a Harald Assler y amarrar el remolcador.

Harald sabía a la perfección qué tipo de bienvenida le ofrecerían sus vecinos y estos no le decepcionaron. Tan solo una anciana se le acercó y Harald la reconoció al instante: era la madre de Olaf. 

Los registros del Ministerio de Guerra podrían estar errados y Olaf seguir vivo; eso era lo que creía la buena mujer. 

Pero Harald sabía que tan solo quedó un amasijo de hierros retorcidos allá donde estaba la batería dirigida por Olaf, donde calló una bomba de 500 libras tres años atrás. Harald lo vio reducirse a la nada entre el fuego y humo.

Los registros podrían estar equivocados, pero no lo estaban. Aún así, Harald mintió:

—Hace muchísimo que no sé nada de Olaf. La última vez que me tropecé con él, estábamos en el salón de una cantina. Estaba bailando como una peonza con una pelirroja que no dejaba de reír.

La madre de Olaf se dio la vuelta y se encaminó calle arriba.

Harald recorrió con paso tranquilo todos los lugares de su infancia, que no eran tampoco muchos en un pueblo tan raquítico como Ranerström. Bostezaba sin cesar, abriendo la mandíbula lo suficiente como para desencajarla y mostrando, de paso, su colección muelas picadas. Estaba molido por el viaje y la guerra. 

Al contrario de lo que esperaba, no le incomodaban las miradas penetrantes de las personas que se detenían ante él en la calle o que se asomaban a las ventanas; pero, si hubiera aparecido disfrazado de payaso sin nada de cintura para abajo, habría llamado menos la atención y la suspicacia, mas le daba todo igual. Tan solo se detuvo ante la fachada de la cabaña que había construido su padre, muy separada del pueblo, y que él había dejado al abandono cinco años atrás.

Harald se estremeció ante la podredumbre que la domeñaba. La cubierta se había caído y todo el interior estaba arruinado. De todos modos, nunca hubo muchas cosas de valor que guardar entre aquellas paredes.

«¿Ella estará igual de arruinada?», se preguntó Harald antes de que le volviera a asaltar un sentimiento de culpabilidad:

«Yo solo quería partir a la guerra. Ella lo debería de comprender, como todas las mujeres; aunque ella no es como todas las mujeres».

«No se parece a las demás mujeres en nada».

Tenía que ir a verla cuando antes y comprobar que seguía estando tan bella como siempre, como cuando la dejó, llorando sin consuelo cinco años atrás, antes de subirse a bordo del pesquero de los británicos. 

En la vieja cabaña de su padre tan solo había sitio ya para los nidos de gaviota. Llamaría aún más la atención si trataba de acceder a la cueva desde la trampilla de contrabando que su padre había construido en el suelo de la cabaña. El paso hasta la guarida de ella había quedado cortado con un derrumbe provocado por el propio Harald la noche en la que se despidió, la misma madrugada en la que había decidido el destino incierto de la guerra. Nadie así la molestaría a no ser que diera con la entrada original desde el acantilado de Kokkam.

Que sacara piedras de dentro de la casa en ruinas, para franquear el paso a la caverna, desvelaría su secreto.

Harald descubrió de niño la entrada y la piscina donde ella se encontraba con él. Allí las horas pasaban solas. También que había un camino que, contra todo pronóstico, terminaba bajo el suelo de la única habitación de la cabaña de sus padres, justo donde el viejo Björn escondía sus fruslerías de contrabando.

De aquel glorioso primer día en el que ambos mundos se encontraron, Harald prefería rememorar los extraños ojos verde pálido, a juego con su piel casi traslúcida; los diminutos balanos que hacían las veces de coquetos lunares y su cabello, confundido con algas y restos de conchas. Mucho mejor aquello que recordar la paliza que le dio su madre cuando él reapareció en casa, tras horas y horas buscándole desesperada por todos lados.

Su madre rompió a llorar tras agotarse la ira y la desesperación que la habían dominado durante casi todo el día.

«Entonces era un idiota de siete años».

Debía tomar la vía alternativa para acudir a su encuentro. Volver a la entrada de Kokkam, como cuando la conoció siendo un niño. Y debía hacerlo de noche, pues no sería fácil mantener el secreto a plena luz del día en el verano ártico. 

Pero, antes, necesitaba dormir un poco, un par de horas a lo sumo; así que acabó dando con el único hostal de Ranerström. No había otro, pero seguía en su sitio y con la misma mujer al frente, la señora Olgstrem, a cuyo hijo también había visto morir.

Aunque fuera empeñar un dinero que no le sobraba y menos por un capricho, Harald quería dormir unas horas en una buena cama y como era debido; estaba harto de hacerlo en posición fetal entre rollos de maroma y neumáticos, apestado por el combustible y la pintura fresca. Quería sábanas limpias y blancas, un colchón blando y poder estirar su cuerpo de un metro noventa de altura bien a gusto.

El hostal estaba mucho más decrépito de lo que recordaba. La fachada estaba quemada por el sol y el viento, sin que nadie le diera una capa de pintura con un poco de mimo.

Una vez dentro del hostal, a Harald se le atravesó la voz en medio de la garganta, como un pedazo enorme de pescado. No había pasado del «buenos días» de rigor dirigido a la señora Olgstrem. De niño había jugado en aquella misma sala, frente al mostrador de Recepción. Ahora sí se sentía bastante incómodo, casi le parecía que estaba insultando con su sola presencia a la mujer al otro lado de la fina y delicada rejilla.

Pero no hicieron falta palabras ni fórmulas de cortesía. Tan solo unos gestos mudos para que el juego de llaves de la habitación 101 terminara sobre la palma de la mano de Harald. Era el único huésped.

Harald contuvo un largo bostezo y aguantó el peso de los párpados mientras subía las escaleras. Introdujo la llave en la cerradura y la giró. Poco le importó o impresionó la espartana decoración de la habitación; cayó sobre el colchón y se durmió con la ropa puesta y sobre la colcha.

martes, 2 de febrero de 2016

«Sexualidad en la guerra civil española»



Hacía mucho tiempo que mantenía una escandalosa sequía de colaboraciones con cualquier plataforma y medio. Supongo que forma parte de la forma de ser de cada cual, siendo que, en ocasiones, me parezco más al Guadiana que a un río de pensamientos y escritos normal, corriente y moliente.

Como me debo a mis lealtades, he retomado mi línea de colaboración con la web Historia Rei Militaris, de sobra conocida aquí, para lo cual he dedicado un artículo que resume, a su vez, otro publicado en una revista de la conocida como España Roja hace 79 años  y dedicado a un tema tan espinoso como cotidiano: la problemática sexual del soldado en campaña.

Espero que disfrutéis de esta pequeña delicatessen del Pasado.