martes, 3 de noviembre de 2015

De ganadores y posts que marcan el número 5.000


Lo suyo habría sido hacerse eco al día siguiente, es decir, el pasado día 30 de Octubre, pero no creo que se soliviante nadie porque haya dejado, a propósito, esta noticia o «aviso» para que coincida con el post número 5.000 de El Navegante del Mar de Papel. Tras verme en la situación forzada de escribir unas cuantas palabras para la entrada correspondiente al noveno aniversario de este blog, celebrado el 23 de Octubre, consideré innecesario traer a estas líneas (de nuevo) ideas consagradas y reiteradas sobre el impío paso del Tiempo sobre las cuadernas de este «buque” y de su comandante (es algo imposible de evitar, creedme); así que no pido disculpa alguna al respetable y, menos aún, permiso para que os haga partícipes ahora de la siguiente nueva: he sido galardonado con el primer premio del II Concurso de Relato corto de la Biblioteca pública de Pontevedra «Antonio Odriozola», siendo esta participación mi bautismo de fuego en estos lances públicos y reducidos (puede que se deba a que nunca he sido muy amigo de las «distancias cortas», pues me gusta enrollarme como una persiana vieja con mis ideas, por mucho que me vea luego hostigado, sin víveres ni municiones, por ese temor sin nombre que me arrincona al grito de «termínalo cuanto antes»).

Podría resultar curioso a ojos de quien me lea que alguien como yo, que ya lleva a sus espaldas una pequeña colección de títulos con su firma, se «rebaje» reservar este día y este post a algo que debería ser de menor entidad para él; pero yo no lo considero así y a mis próximas líneas (donde resumo la experiencia) me remito.

En una de mis habituales visitas de viernes a la biblioteca, topé con un cartel que anunciaba la convocatoria a este concurso de relato corto. Aún sin llegar a comprender muy bien cómo plasmar la referencia en la que debía constar la ciudad de Pontevedra dentro del texto, me dispuse a probar suerte. ¡Qué leñe!, cualquier oportunidad para obligarte a escribir es bienvenida y no ha de ser desechada por nadie que pretenda alimentar su alma de escritor (por mucho que ésta se haya quedado una larga temporada tan solo habitando en la uña del dedo gordo del pie). Por ahora no me lo tengo tan creído como para eructar con arrogancia una frase del tipo: «concursos y relatos breves a mí, ¡bah!». No, amigos, no.

Era la ocasión perfecta para desenterrar una historia nueva gracias a un evento del que no queda poso alguno en la memoria colectiva de la ciudad: cuando se ejecutó el primer vuelo de avión sobre los cielos de Pontevedra, hace ya la friolera de 104 años. Ya sabéis todos que soy un buscador de menudencias de la Historia y ese minúsculo monoplano pilotado por su inventor se aprestaba a volver a alzarse sobre el aire, conmigo como improvisado narrador de un pequeño relato con un marcado acento decimonónico.

Así es como nació al mundo de las Letras el pequeño Julián y el licenciado don Pedro una mañana de domingo de 1911, entusiasmados en mis folios con el progreso a pesar de la pobreza que se cebaba a su alrededor.

No me descargué las bases del concurso, por lo que pasaba a Word mis notas manuscritas sin ser consciente del amargo trago que me esperaba: cortar y cortar. Cuando terminé y comprobé las exigencias técnicas para participar, me encontré con que me sobraba una página entera, lo cual es pavoroso, pues cortar solo tiene legitimidad cuando en el texto se encuentran «pedazos de grasa» que emponzoñan la carne escrita, no cuando se han superado los límites y el cuchillo del Delete termina haciendo estragos sobre los cuerpos de los personajes. Aún así, tengo la confirmación de que superé el trance con éxito; el premio lo demuestra.

El pasado jueves 29 se celebró la entrega de premios y me sentí feliz, aún a pesar de saberme ganador desde el viernes anterior y a que me costó leer mi relato en voz alta (y no solo por contar con la compañía nada deseada del «cuñado» que se deja caer sobre mis pulmones, garganta y nariz cada otoño-invierno); pero siempre es agradable alimentar el hogar interior con leños en forma de reconocimientos a tus esfuerzos, dando igual cuántos libros hayas publicado hasta la fecha, pues, en mi caso, me ha servido para que me conozcan como escritor en la ciudad en la que resido y eso, probablemente, sea el mejor premio.

De nuevo, aprovechando la ocasión festiva, dar las gracias a la Biblioteca pública de Pontevedra, por esta oportunidad y reconocimiento, y a todos los que nunca habéis dudado de que mis palabras son dignas de resistir el castigo del viento del olvido.

He aquí el enlace en el que podréis leer los tres relatos premiados: http://bibliotecapontevedra.blogspot.com.es/2015/10/blog-post.html







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