lunes, 19 de mayo de 2014

Impresiones tras la presentación de "Crucero Reina Mercedes" en el Gremio de Mareantes de Pontevedra

No parece quedar en mí rastro de inquietud que me frene para escribir. Ni siquiera de malestar físico (más allá de la esquiva alergia primaveral cuyo origen me es aún desconocida y que acudió también como público a la presentación cebándose con mis ojos) o del alma, más allá de lo que siempre estará en ella; pero me resulta ahora curioso que no sepa muy bien por donde empezar con este post que dedicaré a las sensaciones que fueron rodeándome antes, mientras y después de presentar mi ensayo histórico “Crucero Reina Mercedes (De la Armada española a la US Navy)” (Tombooktú 2014) en la sede del Gremio de Mareantes de Pontevedra, un lugar que se puede asemejar, en cuanto a su apariencia externa, con el cáliz correcto en la tercera entrega de las aventuras cinematográficas de Indiana Jones: sencillo y humilde, pero cargado de gran significado y sabiduría.

Durante la mañana de aquel mismo viernes 16 volví a recordaros el evento, tanto a los que estáis cerca como a los que no, y os hice partícipes de ese nerviosismo que comenzaba a roerme las entrañas. En algunos momentos éste ganaba una intensidad agobiante. En otros, en cambio, no parecía convertirse en algo más que un lejano rumor.

Concluí con acierto que mi cerebro estaba concediendo al acto una importancia muy distinta a la que en realidad tenía. Muy diferente. Parecía que me fuera a enfrentar a una especie de tribunal para defender una tesis o, a un nivel inferior, a uno de esos temidos exámenes orales que todos hemos sufrido a lo largo de nuestra vida estudiantil. Joder, que no es la primera vez que lo hago, que ya debería ir cogiendo tablas, leñe… 

Pero no era eso a lo que me enfrentaría. Iba a mostrar el fruto del esfuerzo de meses y meses de búsquedas, hojas escritas y reescritas, correcciones y ojeras. A un hijo, a fin de cuentas. 

Esperé paciente, delante del pc y cumpliendo diversos deberes, a que las horas se fueran consumiendo con los toques de la campana de guardias. Mi mente supo forjar una liviana tranquilidad, aliviando la presión de un corazón que, ciertamente, bombeaba a unas revoluciones por encima de lo normal; y lo hizo sirviéndose de las pistas que yo iba clickando al azar de los discos “A Day At The Races”, “A Night At The Opera”, “The Works” y “A Kind Of Magic” de Queen. Siguiendo un capricho, pinché varias veces el track número 8 del último LP mencionado. ¿Su título? Pues “Don’t Lose Your Head”. Y es que Freddie y los demás me estuvieron acompañando desde el primer rayo de sol. Cuando me desperté, lo hice tarareando cierta canción de su álbum de la rapsodia bohemia: “Seaside Rendezvous”.

Las agujas del reloj se postraron y señalaron que eran las 19.30. Había llegado el momento de levar anclas y encaminarme hasta el edificio del Gremio, cargado con maletín y algunos detalles para la mesa desde la que me dirigiría a todo aquel que me honrara con su presencia y apoyo. 

Caminando por las calles, asomándome al horizonte quebrado de la ría, noté que aquel guión que me estudié y que estaba contenido en unos seis folios, pretendía iniciar una gran evasión. Las palabras rompían sus amarras con cada paso que daba y el cielo de mi mente comenzó a nublarse. 

Sabiendo que es mi salvavidas, acudí al recuerdo de mi querida madre y a lo que supondría para ella estar allí ese día. Así es como todo pareció volver a su cauce.

Sentado al fin en la mesa del salón de actos, esperé  junto a José Luis Arellano, el presidente del Gremio, una magnífica persona, siempre amable, que nunca duda en compartir la infinidad de anécdotas vinculadas con el mar de las que él mismo es protagonista, así como su amplio conocimiento sobre Pontevedra; historias dignas de estar contenidas en un libro y que, como tantas otras, muy pocos saben apreciar, no digamos ya ponerles oídos.

Esperé a que todo diera comienzo y, en contra de lo que es habitual en mí, viéndome amenazado de nuevo por el miedo a no tener lo suficientemente seguras las naves donde viajaban los párrafos e ideas que formaban aquel speech sobre el Reina Mercedes y su vida, algo a lo que he dedicado tanto esfuerzo y cariño, repasé fugazmente aquellos folios que cargué conmigo y es que no pensaba repetir la estupidez de anteriores presentaciones de no contar con ese apoyo de tinta.

Bien. Llegó al fin la hora señalada y, después de que José Luis tuviera que pasar el trago de comprimir mi currículo de colaboraciones para presentarme, me lancé. Ya sin un ápice de lo que se podría denominar de miedo escénico (ese puto cabrón), aunque reconociendo que mi naturaleza tímida y nerviosa afloró en suficientes ocasiones como para ruborizarme (y, encima, cometí el error de no echar mano de la táctica de Bizcochito), me dejé llevar por la corriente, incluso cuando las palabras parecían empeñadas en llegar hasta mis labios y, burlonas, desvanecerse en silencio, teniendo que buscar sinónimos. 

Cierto es que éste no fue el único incidente de la tarde, aunque el otro no tuvo nada que ver conmigo, aunque fuera bien curioso.

Durante mi intervención me sentí como navegando en el mar. A veces caía en el seno de una ola. En otras estaba en la cresta. Pero siempre teniendo el viento por la aleta. Altibajos que hacían merecer y desmerecer por mi falta de experiencia.

Traté de seguir el guión lo mejor que pude, pero mi masa gris llegó, en esas cimas de espuma blanca, a una velocidad que me invitó a improvisar para ir más allá de las páginas en las que se confinaba mi discurso preparado. Hay quien cree que hablé menos de lo que llevaba escrito, pero fue justo al revés. Y esto es algo que me ayudó en gran cantidad a la hora del turno de preguntas para no dudar un instante.

Hablé de ese año 1898, de aquellos que se perdieron en el Pasado, de todo lo posible, aunque me quedé atrás otras cosas, sin poder pasar por alto la historia del alférez de navío Venancio Nárdiz.

Quizá el momento clave de la presentación sea, después de deshacerse uno de toda la tensión acumulada, el contacto directo con aquellos que consideraron que merecía la pena acudir hasta el pequeño stand que montó la librería Cronopios a la entrada y vaciar parcialmente el bolsillo para que, luego, les firmara su ejemplar. Albergo serias dudas sobre el sentido y lógica de las cadenas de las palabras que han quedado irremediablemente unidas y para siempre a la primera página, gracias a mi pésima y arabesca caligrafía, pero para nada tengo incertidumbre sobre la verdadera alma de las mismas, en la que siempre mostré mi más hondo agradecimiento.

Espero que mis extrañas letras no confundan a nadie hasta el punto de reclamar los servicios de algún entendido en la piedra de Roseta.

La experiencia, tras haber vuelto a ponerme en ese punto crítico donde se dirigen todas las miradas, delante de un público que ha acudido atraído por la naturaleza de una obra tan especial y singular, no puede haber sido más positiva ya que ha resultado ser un paso más hacia delante en mi carrera como escritor (sin olvidarme de que aún voy en pañales). Me resultó maravilloso sentirme arropado de tal manera, aun cuando se había esperado una mayor asistencia por parte del presidente del Gremio (yo temía que viniera menos, he de reconocerlo); pero como ya dije al comienzo de mi intervención, no es nada fácil que alguien desconocido como yo pueda contar con un apoyo para sacar la cabeza por encima del agua.

Tal y como me desearon, mientras me felicitaban, yo también espero que este no sea el último libro de mi carrera, como tampoco el último que sea presentado bajo la protección del Gremio.

Fue, a fin de cuentas, una magnífica tarde.





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