lunes, 25 de noviembre de 2013

Coleccionando dedicatorias



El pasado 14 de noviembre del corriente año tuve la oportunidad de asistir a la presentación en la librería pontevedresa de Cronopios (¿por qué no hacerles publicidad?) de Rōnin (TH Novela (Planeta)), la nueva novela de Francisco Narla, auténtico best-seller español que, en esta ocasión, ha desviado su buen hacer narrativo hacia Japón y hacia esa extraña historia de una delegación nipona que llegó a las costas españolas hace, ni más ni menos, que algo más de 400 años.

Disfrutando de una presentación muy amena e ilustrativa para aquellos que nos encanta la cultura japonesa, y en la que el autor nos ha ido dejando señales sobre los easter eggs que ha ido dejando escondidos por las páginas, al final pude hacerme con un ejemplar firmado y conocer en persona a Francisco.

He de confirmaros que es la primera vez que he podido escaparme a una presentación y obtener un ejemplar firmado de esta manera y esto me hizo cavilar en los ensayos y novelas que albergan mis anaqueles, dedicados por aquellas personas que se han dejado el alma en ellos. Parece una tontería, sobre todo cuando lo digo yo, que también he firmado unos cuantos (muchísimos menos que Narla, por supuesto).

Aparte de Rōnin, me he dado cuenta de que tengo otros 8 libros que bien merecen ser mencionados y revisitados gracias a este post.


El primero que compone mi colección lo obtuve por la intermediación de nuestro gran amigo Juan Granados. Sabiendo de mi interés por Indochina, consiguió que su camarada Luis Alejandro Sintes me remitiera un ejemplar de La guerra de la Conchinchina (Edhasa). Un volumen muy instructivo sobre la presencia española en esa exótica zona del Sudeste asiático durante el s. XIX, en el que cada capítulo bebe del anterior pero que casi se puede leer por separado al mencionarse, a modo de reintroducción, pasajes determinantes.


A veces tengo suerte y, en un sorteo que organizó el blog Novilis, me pude llevar la obra Españoles en la Legión Extranjera francesa (Inédita), de Joaquín Mañés Postigo, ante la irritación de algunos, sea dicho de paso. Esta obra es un repaso a la historia de la propia Legión, además de un lugar de encuentro de compatriotas a lo largo de varios siglos, hasta la actualidad. Por algo Mañés es un experto en este campo.


Luis Mollá parecía un misterio al comienzo, pero tras muchos mails, acabó siendo un buen amigo con el que compartir esta tortura-delicia que es el escribir. Viejo lobo de mar, tanto literal como literariamente hablando, no dudó en ser mi confidente y darme unos buenos consejos, además de dedicarme una de sus obras: La tumba de Tautira (De Librum Tremens), una curiosa aventura que se vive a caballo entre Sevilla, el Caribe, Francia y el Pacífico, a lo largo de vivencias de unos personajes que acaban siendo unos perfectos compañeros de viaje y que cuenta con un hermoso final.


El maestro de Jarcia (De Librum Tremens) es un recorrido por un tema tan fundamental para la Marina en los tiempos de la vela como desconocido para la mayoría: la fabricación de la jarcia en Cataluña, pero también sus páginas fueron un buen sitio para encontrar espías, conspiraciones y una aventura de primer nivel junto al caballero Jorge Juan. Manuel Díaz, su autor, también fue otro de los que me apoyaron en la difícil tarea de ser escritor, además de ser una gran persona.


Nunca me había puesto a leer una novela sobre submarinos y la guerra civil 36-39. Sin duda, la obra de Miguel Aceytuno, camarada también, es la ideal. Titulada Submarino B-7 (De Librum Tremens), encierra un canto a la lealtad sin entender de ideologías. Otro más que con sus consejos, obtenidos de las maratones, permitieron que también me convirtiera en escritor.


Con Lidia Mariño compartí las frustraciones del autor novel. Casi escribíamos nuestras obras a la par y publicamos el mismo año. Con su La verdad del bufón (Atlantis) quiso presentar un thriller histórico ambientado en las mismas ciudades de Santiago de Compostela y Pontevedra, gracias a la figura de Cristóbal Colón y a la teoría, cada día con más peso, que defiende que el almirante era uno de los miembros de la familia de los Sotomayor de mayor renombre, aunque no necesariamente en su vertiente positiva: Pedro Madruga. Tomando como referencia los ingredientes básicos de este género, plantó a una audaz investigadora sobre el terreno corriendo tras las pistas. Como era de esperar, realizamos un “intercambio de prisioneros” y cada uno se quedó con un ejemplar del otro.


David J. Skinner es un tipo genial al que tuve la suerte de conocer en mi presentación de Los últimos años de mi primera guerra en Madrid, el 11 de julio de 2012. Apasionado de la novela policíaca, pude contar con su firma en uno de sus ejemplares que, aunque pequeño, no deja de narrar una historia negra y esquiva bajo el título de Los crímenes del ajedrez (Ediciones QVE).


Me pasó otro tanto con este libro como con el de Mañés Postigo: un concurso en el que la  Suerte me sonrió, aunque en esta ocasión no soy capaz aún de recordar dónde me apunté. Creo que era dando ideas para una futura novela de Javier Sierra y dejé cierta vagar referencia al misterio del San Telmo. Un buen día recibí un mail donde se me indicaba que había ganado un ejemplar y que diera mis datos para que me lo remitiesen. Todo parecía legal. No era una cuenta de un servidor sospechoso, sino de la propia editorial. El premio fue un ejemplar de El ángel perdido (Planeta), bellamente dedicado por su autor.



Ya cuento con 9 libros únicos y resulta imposible saber cuántos llegarán. Sin duda este es uno de los aspectos más bellos de la lectura.

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