lunes, 4 de junio de 2012

Problemas cerebrales a la hora de escribir

El cerebro es vago de cojones. Sí, quizá está fuera de lugar emplear una palabrota de tal envergadura en este blog, pero es así. Si hace tan solo unos días me puse a divagar sobre el problema del folio en blanco y de la solución que hallé para acabar con dicha fobia, también os adelanté el aprieto que supone continuar hacia delante una vez superada esa primera fase.

La presente cuestión se bifurca en dos ramas bien diferenciadas: por un lado tenemos la ansiedad por encontrar un camino por el que discurra nuestra historia sin que se vea abocada al fracaso e inacabada o, lo que es peor, buscándole una conclusión rápida y hasta estúpida, por que nos estresa estar escribiendo y escribiendo durante días y días. Al final, con esta solución caótica y apresurada, lo que podría haber sido un buen relato, termina siendo una patraña que se queda sin un buen hervor. La propia lentitud de nuestros dedos es una trampa mortal, razón por la que es más que recomendable saber mecanografía o algo de taquigrafía, según sea nuestra modalidad favorita de escritura.

Esto por un lado; por el otro, siendo éste el tema que vamos a tratar en este artículo, tenemos a nuestro fiel compañero de toda la vida que es el cerebro, con el que discurrimos, creamos y conversamos a diario. El que nos da grandes ideas o al que no le hacemos ni puñetero caso, metiéndonos en líos cada dos por tres. Aquel que entrenamos o que destruimos con nuestras propias acciones.

Escribir no es una tarea fútil. Mucha gente ajena a este mundo se cree que es simplemente sentarse y “escribir”. Mecanografía y caligrafía sin más, algo que no tiene mérito y que, por supuesto, carece de fundamento el considerarlo como esfuerzo.

Es una pugna tremenda sentarse y escribir, la verdad que sí.

Al ser humano siempre se lo ha tachado, en su mayoría y como especie, de vago, aunque esto es algo que hay que coger con pinzas. Sí, por regla general nos gusta demasiado no dar ni un palo al agua, pero es que el cerebro nos obliga a ello para ahorrar energía. Con que os veáis algunos documentales de La2 os podréis dar cuenta. Cuanto más cerebro más energía se gasta y nuestra evolución tecnológica actual ha sido, proporcionalmente, más rápida que la física. Todavía poseemos rasgos y “manías” del periodo prehistórico (muelas del “juicio”, vello donde no hace falta, ansia por acaparar grasa para superar el invierno, agresividad territorial y sexual, etc.) que nos vinculan con el ser humano más animal. Nuestro cerebro aún conserva su parte reptiliana y su parte primitiva, las cuales abogan por una supervivencia en extremo y, claro, el derrochar energía en exceso no es bueno. Razones éstas por las que nos cuesta tanto crear, nos fastidia y nos extenúa. Yo mismo, ahora, que os estoy escribiendo esto de carrera, sin haberlo preparado de antemano, estoy comenzando a sentir el conocido rumor de dolor de cabeza, girando y girando en el centro de la frente; además de una creciente necesidad de beberme un buen vaso de agua para hidratarme. La garganta comienza a ponérseme un tanto áspera. Y eso que lo único que estoy haciendo, al parecer, es estar sentado delante de un monitor, teclea que teclea.

(Un buen suministro de agua en estas ocasiones te puede servir de ayuda).

Si nuestro cerebro tiene dos opciones, entre escribir o dedicarse a jugar a cualquier cosa e, incluso, a vaguear, tirará de nosotros con fuerza hacia esto último. Pretenderá el descanso y el instinto prevalecerá. Quién sabe si detrás de la esquina nos pueda sorprender un tigre dientes de sable. Además, si ya estamos cansados por otro tipo de actividad, como es el realizar nuestro trabajo diario habitual, por supuesto que bombardeará con la idea de que, en vez de abrir la página del Word, abramos el simulador de la SNES que nos pirateamos hace unos meses.

Todo esto os podrá parecer una auténtica parida, pero esa la pura realidad del escritor.

¿Cuál es la solución? La misma que hay con las abdominables y con el folio en blanco: entrenamiento constante. Aunque cierto es que dejar atrás el miedo a la blancura del papel es más fácil que el obligar a nuestro compañero de por encima de los ojos a querer ordenar a los dedos a escribir, a ir desgranando la historia e ir localizando las palabras adecuadas.

El no avanzar con una novela es algo muy frustrante y puede obligarte a tomar muy en serio la idea de abandonar. Si no escribes a diario, por mucho que lo hagas una vez a la semana y escribas lo que sea, no será nunca lo mismo que estar todas las mañanas o todas las noches tecleando o con el boli rasgando el papel, aunque sea tan solo sirviéndonos de una perdida frase inconexa.

Difícilmente vamos a conseguir emular al amigo Stephen King y su mínimo de 2.000 palabras diarias (diez páginas conforme a su procesador de texto), pero tampoco es para tirar la toalla por ello. Él vive de escribir. La inmensa mayoría de nosotros, tenemos trabajos basura o estamos en el paro.

Mi media ronda entre 400-600 palabras lo cual, he de confirmaros, no es tan mala marca, aunque si un día lo dejas, no te pones a ello por la razón que sea, al día siguiente el de allá arriba tratará de convencerte de que lo dejes para más tarde, o para mañana, o para dentro de una semana. La consecuencia de que te contagie su natural vagancia es que se eternice tu obra, que te frustres y que cada vez sea más complicado seguir.

Como me dijo Luis Mollà, hay que darle al pico y la pala todos los días, aunque sea con una única frase. Buen consejo, que no en pocas ocasiones no he seguido.


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