lunes, 28 de mayo de 2012

Superar el miedo al folio en blanco

Creo que no soy el más indicado para ir dando consejos ni, mucho menos, una de esas master class que tanto se han puesto de moda sobre “cómo escribir”. Soy un autor novel, con todos y cada uno de los inconvenientes que esto acarrea, pero una cosa es cierta: puedo hablar de mi propia experiencia y con la esperanza de que ésta sirva a otros que se encuentran todavía en otros peldaños de esta aventura que es escribir.

Toda ayuda es poca.

Anoche pensé en este tema y lo voy a tratar en el blog, así que aquel que guste de “perder el tiempo” con estos asuntos, que se mantenga en la lectura, al menos, unos párrafos más.

Bien, ¿cómo superar el miedo a la hoja en blanco? Cada cual podrá dar su respuesta.

Citando las palabras que, si no me equivoco, son atribuidas a Vincent van Gogh “debería darle miedo yo”, refiriéndose a un lienzo en blanco.

No es algo fácil enfrentarse a este desafío, ni que se supera a la primera ni a la segunda, pero yo, creo, he encontrado un pequeño truquito que, seguramente, no es comparable con el descubrimiento de la pólvora literaria.

Una hoja en blanco es como una puerta cerrada con llave. Una vez franqueado ese obstáculo, lo único que te puede oponer resistencia es tu propia capacidad para seguir sentado y exprimiéndote el cerebro; para seguir con el boli o con el teclado, dale que dale, dale que dale.

Esa llave, que se asemeja a una de esas antiguas, largas y algo roñosas, ha de salir de nosotros de forma natural. Que aparezca en nuestra mano, que la aferremos con fuerza y que nos permita introducirla en la cerradura.

Una llave que no es más que una simple frase.

Antes de ponernos a escribir, delante de ese folio en blanco, debemos, como yo he hecho con este pequeño artículo con el que os estaré “deleitando”, tener fija en la mente una frase con la que comenzar. Una vez introducida la llave-frase, hay que tener la voluntad y el deseo de girarla y terminar por abrir la dichosa puerta de las narices. Conseguido esto, lo dicho, mantenerse sentado escribiendo y escribiendo, algo que a la larga, veréis que es más complicado si cabe que vencer a la blancura inmaculada.

Si llegas, al menos, a tres frases, lo que reste ya no será el miedo al folio en blanco, sino a saber cómo continuar en la habitación en la que te has internado.

Yo, que he seguido varios métodos de escritura y alguno que otro autodidacta, he ido aniquilando la fobia que da título a este artículo, obligándome cada día a escribir en un folio en blanco, sin continuar lo que ya escribiera el día anterior retomando ese punto. No. Desde cero, enfrentándome al vacío una y otra vez, hasta que dejó de tener sentido, para, luego, “copiar y pegar” a la cola. Capítulo a capítulo, sin folios mediados, ni ideas sueltas de otros días.
Es un entrenamiento duro, como el hacer flexiones, pero superadas las agujetas, la cosa sigue sola.

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