lunes, 18 de junio de 2018

La caja

Los trasteros, al igual que las tumbas de los faraones, deberían sellarse con lacres y conjuros a prueba, en teoría, de ladrones y arqueólogos, pues son el vertedero personal e ilegal de cada uno; el poso de la sentina familiar que atesora un brillo del pasado que quedó relegado, a la espera.

En nuestra casa, el anexo que figura como trastero sirve para lo obvio: acopiar trastos y demás objetos en cajas, y solo descendemos a las mazmorras del edificio unas dos veces al año, pues allí va a parar todo aquello que usamos en exclusiva durante el verano o el invierno y que no tiene acogida en los roperos diseminados por las habitaciones. Lo recomendable allá abajo es limitarse coger lo que haga falta y, de dos saltitos, plantarse de vuelta frente el ascensor; evitar indagar entre las incontables cajas anónimas de cartón, desparramadas por estantes y que entonan una triste canción, como sirenas expuestas a la pobre luz de una bombilla sin pantalla que pende del techo.

Hace unos días me transformé en Odiseo, sin amarras, perdido en la soledad amortiguada del sótano. Hice caso de los cánticos y, pobre de mí, alargué el brazo para asir una de tantas cajas. Al retirar la tapa, resulté abofeteado por un guante de nostalgia y polvo depositado durante lustros de quietud; pagué un primer peaje con un insoportable escozor en los ojos.

Dentro de la caja hallé mis coches de juguete y alguna revista de Don Miki, todos ellos maltratados por unas despreocupadas manos infantiles y el paso lesivo del tiempo.

Al igual que una marioneta de pobre factura, siguiendo bajo el mismo y extraño influjo, me abalancé sobre la caja que estaba al fondo de la estantería metálica, justo detrás de la que acababa de profanar. La atraje hacia mí y dejé de ser Odiseo: me transformé en Pandora. Sabía a la perfección qué guardaba aquel cubo de cartón. No hacía falta levantar la tapa; aún así, lo hice: ahí seguían los álbumes de cromos y la colección de ejemplares de la Guía Marca de distintos años. Todos se veían deteriorados por la vejez y por quedar aprisionados contra el muro de papel corrugado por un balón de fútbol de plástico.

Aparté la pelota de su retiro y admiré sus colores. Seguía luciendo esas franjas blancas, rojas y negras tan familiares. Bueno, el blanco había pasado a ser crema y carecía de brillo alguno. La esfera lucía una infinidad de cortes y magulladuras que no deberían estar allí; fue algo que me sorprendió pues no recuerdo haber jugado con él más que en un par de ocasiones. Era un regalo de mi madre, de esos hechos con mucho cariño para una ocasión especial y que tanta ilusión hacían; pero ella tenía la rara costumbre de obsequiarnos con preciosos objetos a los que luego nos prohibía terminantemente acercarnos.

Me sentí turbado ante ese conjunto de papel y plástico que rezumaba una época de niñez y adolescencia que no debería haber perturbado. Hice girar el balón entre los dedos, como una calavera danesa, pero con otras preguntas golpeando las paredes de mi cráneo. El lugar no daba para pinitos y toques de control, pero tampoco es que yo sea capaz de hacer nada soportablemente bochornoso con el esférico. Me queda el consuelo de que, al menos, brillé durante unos segundos con un gol que entró en la portería de casualidad, pero con la suficiente fuerza como para dejar a mis compañeros de clase boquiabiertos. Aquella sí que era hazaña que quedó perenne en mi recuerdo.

Siempre fui torpe con los pies. Y el fútbol nunca me gustó; veía partidos televisados por docenas, me ofrecía gustoso a cualquier equipo de los que se formaban durante la media hora del recreo, coleccionaba cromos de futbolistas de primera división y seguía al «club de mis amores» sin respiro… Todo por enmudecer el alarido que, a diario, brotaba del fondo de mis vísceras como un geiser: solo pretendía ser aceptado y dejar de tragar paladas de soledad por ser lo que se llama un chico «raro». Dios, no era tanto lo que pedía; solo era el niño raro y gordo de la escuela.

Dejé a un lado el balón y, a ciegas, saqué una Guía Marca y ojeé sus páginas amarillentas y dobladas por las esquinas. Se me dibujó una sonrisa triste cuando topé con notas y apuntes manuscritas sobre las clasificaciones, pues entonces, con veinticinco años menos de almanaque, incluso echaba la Quiniela tras estudiar gráficas y el pronóstico meteorológico que se esperaba para el partido en cuestión. Sí, raro de cojones.

Sacudí la cabeza. No. No podía seguir allí de pie como un monigote. Debía recuperar la cordura y el control; aferrarme al presente.

Con la delicadeza que emplea el sacerdote al recoger los utensilios sagrados de la liturgia, recompuse el contenido de la caja y la cerré. Luego la aparté hasta el fondo del estante; lo dejé todo tal y como me lo encontré. Los dedos me cosquilleaban y las lágrimas recorrían mis mejillas como una manifestación de afectados por la alergia al polvo y los ácaros. Decidí, entonces, cumplir con aquello que me había arrastrado hasta allá abajo: abrí el armario-zapatero, cogí los tenis de verano y me largué, sellando la cripta con un doble giro de llaves. 

Al cruzar el umbral de casa, mi padre me interrogó acerca de mi extraña tardanza en regresar del trastero. Me inventé una tontería de esas improvisadas que, sorpresivamente, suenan convincentes, más que la propia verdad. Me senté a su lado; el televisor estaba ya encendido y la bandera flameaba en el balcón. Aquella tarde jugaba la Selección y, ganásemos o perdiéramos, a mí me daba exactamente igual; me importan otras cosas, como que, cuando yo era pequeño y «me gustaba» el fútbol, mi padre nunca pudo estar conmigo para ver juntos un solo encuentro. Ahora está conmigo y eso sí que lo disfruto.

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